Fantasmas [Radio Santa Cruz]
Todos aquellos que me conocen saben que alguna vez-siempre, cuento algunas de las historias que conozco y sé de fantasmas. De como veia pasar espectros cuando durante un año, a eso de mis 12 años, vivimos en una casa distinta a la de toda la vida o de como una vez se me apareció un gringo raro en el cementerio de La Recoleta en Buenos Aires o del viejito que solia aparecer en la casa donde hoy vivo o de los niños en la residencia universitaria donde vivía en Buenos Aires. La verdad es que desde aquella época, en la cual veía espectros, los fantasmas o las visiones o alucinaciones de fantasmas han estado presentes en mi vida. Confieso que en los últimos tiempos eso ha desaparecido o ya no les presto atención.
Pero si hay un lugar donde he sentido la pesadez en el ambiente típica de esos momentos es la Radio Santa Cruz, donde miércoles en cuando, participo junto a Edson de su programa Nuestra Noche. Ir a la cocina a buscar un café implica caminar por un pasillo y luego pasar a un patio interno donde se siente las miradas inquisidoras de gente que no está y la sensación de tener a alguien atrás siempre. No tiene que ver con oscuridad, ya que hay abundante luz en el lugar, ni con espacios cerrados, ya que hay un patio de por medio. Escalofriante.
Yo estoy seguro de que ahi hay fantasmas, aunque no sepa de ninguna historia por la cual los habrían, y también hay gente que ha sentido lo mismo ¿Cómo será, no?
Un atardecer porteño
5 minutos de viaje
-“¡Mami, ya puedo ver!”- dijo la niña con un entusiasmo incomparable e incontenible
-“Claro, hijita, yo te dije que ibas a tener los parches un par de días y luego podrías volver a ver tranquila”- le respondió su madre.
Los demás pasajeros iban pensando en sus cosas, algunos enchufados a sus audífonos y con su música, otros mirando taciturnos por la ventana con algunas lagañas en los ojos y algunos pocos conversando con algún amigo. Nadie lo nota.
-“¡Mami, mira ese caballo!”- exclama la niña con la emoción a flor de piel.
-“¡Mami, mira ese árbol! ¡Mami, mira ese auto!” – grita la niña regocijándose ella misma de haber recuperado la vista. De poder redescubrir este mundo a cada vuelta de esquina.
Yo olvidé cargar mi arma tecnológica con los emepetreces de turno y al subirme al transporte público renegué de este olvido ya que pasaría los veinticinco minutos de viaje en un aburrimiento de ostión.
-“¿Mami, los otros niños nunca más me podrán decir “ciega”, no?” – dijo la niña en tono preocupado.
- “Nunca más, hijita, nunca más” – le respondió la madre con voz entrecortada.
Nadie lo notó, pero la alegría exultante de la niña y la alegría interior de la madre le dieron un halo de luz impresionante a una mañana gris. Y me demostraron, una vez mas, que los brincos del corazón son nuestro motor en la lucha diaria.
