-“¡Mami, ya puedo ver!”- dijo la niña con un entusiasmo incomparable e incontenible
-“Claro, hijita, yo te dije que ibas a tener los parches un par de días y luego podrías volver a ver tranquila”- le respondió su madre.
Los demás pasajeros iban pensando en sus cosas, algunos enchufados a sus audífonos y con su música, otros mirando taciturnos por la ventana con algunas lagañas en los ojos y algunos pocos conversando con algún amigo. Nadie lo nota.
-“¡Mami, mira ese caballo!”- exclama la niña con la emoción a flor de piel.
-“¡Mami, mira ese árbol! ¡Mami, mira ese auto!” – grita la niña regocijándose ella misma de haber recuperado la vista. De poder redescubrir este mundo a cada vuelta de esquina.
Yo olvidé cargar mi arma tecnológica con los emepetreces de turno y al subirme al transporte público renegué de este olvido ya que pasaría los veinticinco minutos de viaje en un aburrimiento de ostión.
-“¿Mami, los otros niños nunca más me podrán decir “ciega”, no?” – dijo la niña en tono preocupado.
- “Nunca más, hijita, nunca más” – le respondió la madre con voz entrecortada.
Nadie lo notó, pero la alegría exultante de la niña y la alegría interior de la madre le dieron un halo de luz impresionante a una mañana gris. Y me demostraron, una vez mas, que los brincos del corazón son nuestro motor en la lucha diaria.

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